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Home Entrevista a Africa Peman, 30 años de consagrada en el Regnum Christi

Entrevista a Africa Peman, 30 años de consagrada en el Regnum Christi

En noviembre próximo para celebración de Cristo Rey- Africa cumple 30 años de consagración al Señor en el Regnum Christi. Directora Territorial de las Consagradas de Chile y Argentina y miembro del comité de colegios de la Dirección territorial, lleva con nosotros 3 años y acaba de ser renovada en su cargo por otros tres más.

Oriunda de Cádiz, España, Africa es la mayor de 7 hermanos de una familia muy unida donde siempre les inculcaron una gran formación humana y espiritual. No en vano, a su casa, los amigos y vecinos le llamaban “El mesón del cura”, ya que siempre había un sacerdote invitado a compartir la mesa con la familia.

 

Conoció al RC cuando llegaron unos sacerdotes irlandeses a la localidad del Puerto de Santa María, donde vivían por ese entonces, en gira vocacional. Los LC “llegaron en un momento de mi adolescencia donde vivía mi religión como una carga. Ellos me hablaban de Cristo y del Evangelio. En Cristo vi la unión de todo. Ví que fe cristiana no era una doctrina, sino que, esencialmente, era una persona:  Cristo, quien me empezó a atraer mucho”.

 

“Mi vocación nació con la Legión, los LC han sido muy importantes en mi vida, siempre he tenido un sacerdote en el que me he apoyado y siempre he considerado una bendición el contar en el movimiento con sacerdotes que te acogen”.

 

¿Hay alguna anécdota que presagiara tu vocación de consagrada?

 

Mi  madre recuerda que cuando hice la primera comunión le pregunté si podía ser sacerdote, y me dijo que no, pero que podía ser monja. Entonces le pregunté si una monja podía convertir el  pan y el vino en el cuerpo y sangre de Cristo. Me dijo que no. Entonces, le pregunté si podía perdonar los pecados y también me dijo que no. Entonces le dije: “yo jamás voy a ser monja porque lo emocionante de la vida religiosa no lo pueden hacer las monjas. ¡Cómo pueden dedicarse a hacer algo donde no pueden hacer lo fundamental: dar la comunión y perdonar los pecados!”. Nunca más tuve inquietudes vocacionales… Pasaron muchos años antes de comprender la riqueza y el don de la vida consagrada.  ¡Hoy me resulta tan evidente y es algo tan experiencial que hasta me resulta difícil explicarlo!

 

¿Cuándo comenzaste a pensar en serio sobre la vocación a la vida de consagración?

 

Por esos años estudiaba Derecho y tenía todo para ser feliz: una familia que me encantaba, un novio que me hacía feliz, una carrera que  me gustaba y me iba bien. Sin embargo veía a mis amigas felices pero yo sentía una insatisfacción. Empecé a ir a misa más a menudo, a dar catequesis, incluso fundé el Ecyd con una amiga, sin embargo la insatisfacción persistía.

 

 

¿Cómo resolviste la inquietud vocacional?

 

Mi director espiritual me ofreció como alternativa para poder discernir la vocación dar un año de colaboradora o ir un año al centro de formación de las consagradas en Roma. Elegí lo segundo porque pensé que si no tenía vocación -que era lo que yo deseaba descubrir en ese momento-  el estudio me iba a servir posteriormente para mi formación cristiana y misión en el mundo.

 

 

¿Qué pasó en Roma?

 

Fue todo un proceso en el que la idea de la vocación se fue iluminando y cambiando hasta que dejé de percibirla como carga y me di cuenta de que era un don.  El momento definitivo fue Leyendo en una meditación el Evangelio de San Juan 21 sentí mi vocación cuando Jesús le pregunta a Pedro, “¿me amas?” “Sígueme”. Ahí lo ví claro. Además al seguir leyendo el mismo Evangelio entendí que él se iba  a encargar de los míos, que era un tema muy importante para mí, ya que los quería mucho. Ahí pude decir que sí!

 

 

¿Cómo entiendes tu  vocación a amar a Cristo y a los demás?

 

Para mí la vida consagrada fue descubrir que Dios te ha dado un tipo de corazón que está llamado a amar de otra manera. Mi alegría en Roma fue darme cuenta que en la vida consagrada uno no está llamada a amar menos, sino a amar más, que en tu corazón tiene que caber más gente, pero con plenitud. Eso fue la clave, el poder hablar de Dios y el poder tener relaciones interpersonales profundas y por otro lado el amar mucho, y el poder tener una relación con Cristo donde El es el centro.

 

En la vida el corazón va aprendiendo, en base de prueba y error a amar. La vida me fue mostrando que uno puede elegir tener un corazón que aunque sufra, se compromete y ama o también puedes meter el corazón a un congelador, amar menos y sin sufrimientos.  Mi opción fue por amar y no me arrepiento.  Todo lo contrario.

 

El  amor a Jesucristo se transforma en una relación muy personal, muy sencilla, pero muy verdadera. También ha sido muy importante poder desarrollar  mi corazón en primer lugar en mi relación con las consagradas, mis compañeras y hermanas en Cristo; pero también con los equipos de trabajo y con tantas personas con quienes me ha tocado trabajar o compartir, acompañar…. Cristo siempre me ha bendecido al tener muchas personas a las que querer y a las que he querido mucho y de quienes he recibido y recibo mucho cariño.